Como todos los veranos, he aprovechado los días de vacaciones para alejarme del seco asfalto madrileño y pasar unos días en la playa; bueno, en realidad, ha sido en playas diferentes, aunque las experiencias suelen ser parecidas…
Así pues, llegas a la playa, cargado con la sombrilla, la bolsa con toallas, esterillas, agua, cremas solares, etc,… y la primera pregunta es: ¿qué lugar elijo? En otro post comentaré el segundo secreto mejor guardado, aparte de la fórmula de la composición de la cocacola, el algoritmo para elegir el sitio donde clavar la sombrilla. Una vez eso pasa, extiendes la toalla, teniendo cuidado que ni una sola mota de arena pueda posarse encima y se adhiera finalmente a tu cuerpo embadurnado en crema solar. Con todas esas precauciones, sólo nos queda tumbarnos sobre la toalla, cerrar los ojos y dejarse llevar por el relajante sonido de las olas del mar. ¿idílico verdad?…. pues veréis como no todo es de color de rosas!
Lo que sucede en realidad es que intentas otear un sitio y por la cantidad de gente que hay, la única forma de poner la toalla es casi de lado. Finalmente encuentras donde plantar la sombrilla. Lógicamente, es al lado de una familia de domingueros que se han llevado la mesa, las sillas, han montado una carpa entera (esto pasa mucho por la Costa del Sol) y están metiendo un ruido atronador entre niños revoltosos, señoras mayores que cuentan su vida con volumen de cine de verano, los señores que charlan dejándose las cuerdas vocales mientras hacen la barbacoa (que también se han traído y con la cual ahuman todo en varios metros a la redonda).
Según tienes la toalla estirada e impoluta, intentas abstraerte y te tumbas a descansar. Los niños corren a tu alrededor salpicando arena a tutiplén y por supuesto te bautizan con ella. Con el ruido que mete la gente raro sería poder dormir o descansar. De vez en cuando, al grupo de amigos que juega al fútbol o a las palas por ahí cerca, comparte su pelota contigo sin querer, incordiando una vez más. Finalmente, decides irte a dar un baño, a ver si así disfrutas un rato. Te preguntas por qué en esa zona no hay nadie bañándose y cuando comienzas a entrar lo comprendes: bajo tus pies hay un roquerío o un Amazonas de algas o de basura.
Buscas una zona más adecuada para el baño. Tras pasear por la orilla hasta donde está la marabunta de gente, te encuentras de todo. Desde guiris escaldados por el sol con un look estilo bogavante hasta señoronas que siguen creyendo que tenían 20 años y que el destape que ofrecen todavía es agradable a la vista. Finalmente entras al agua y disfrutas pegado a otro montón de gente del “frescor” del “agua de mar”.
De vuelta a la toalla, el aire y los niños que corretean alrededor, levantan arena que se pega a tu todavía húmedo cuerpo. Concluyes que ya es hora de irte al hotel, darte una ducha de agua dulce y pensar si el año que viene volverá a salir cara cuando tires la moneda: “Cara playa, cruz montaña!”
Felices vacaciones!!!

