El pueblo chileno, al que pertenece parte de mi sangre y parte de mi niñez, fue sacudido fuertemente por un terremoto de grado 8,8 en la escala Richter, hasta ahora el quinto terremoto más grande registrado en la historia.

Ese sábado por la mañana, las lágrimas me saltaban de los ojos viendo las imágenes mostradas en diferentes medios y me corroían los nervios por conocer el estado de los míos. Mis padres que decidieron viajar de vacaciones para irse a disfrutar del verano en familia, con mis tíos y primos; mis familiares radicados en Concepción; mis amigos, amigas y ahijados cercanos a Linares y Talca… todos ellos más cerca aún del epicentro.

Por palabras de mis padres y de mi tía, con la que conseguí hablar el sábado por la mañana por teléfono, la sensación es indescriptible; casi todos los pensamientos van dedicados a que el mundo se acababa, que el edificio donde estaban durmiendo, se precipitaba al suelo y que era el fin de todo. Tuve la oportunidad de compartir, impotente, un par de enormes réplicas de este tremendo terremoto mientras hablaba con ella. Esa sensación, la mía, de no poder hacer absolutamente nada mientras te dicen que el suelo vuelve a temblar y que no sabe qué hacer, hacia donde correr, si salir a la calle o no y si éste es el que de verdad se lleva el edificio al suelo definitivamente. Me sentí protagonista de la historia al informarles a ellos por teléfono de la situación en Chile según iba viendo las noticias en televisión y Twitter, puesto que ellos se encontraban sin luz, las comunicaciones telefónicas nacionales eran imposibles de realizar y sólo contaban con una pequeña radio con pilas para enterarse de una información más bien confusa.

Gracias a Dios el resto de mis familiares y amigos, me han ido confirmando por diferentes medios (Facebook ha sido una gran ayuda para mí esta vez) que TOD@S están bien.

Quiero expresar mi pesar y mi solidaridad con los familiares de las muchas más de 700 víctimas que van haber en el balance final de esta catástrofe que esperemos que nunca más vuelva a azotar un país alegre, con ganas de superarse, con ganas de salir adelante y acostumbrado a reconstruirse una vez tras otra.

Post to Twitter